El laberinto del replicante

Blog de Jesús Ademir Morales Rojas
@jesusademir

Jan 26

El final de los dioscuros

Teseo por fin pudo vengarse de Cástor y Pólux. El espejo estalló en una miríada de esquirlas escarlata. El gemelo divino se difuminó en su propio reflejo fragmentado, para siempre. En el laberinto de espejos, una espada vencida cae. Helena vuelve a Afidna con furia contenida y planeando fugas. En Troya, los muros tiemblan.


Solución

Poirot nunca se había enfrentado a un caso así. En la estación espacial, ahora desolada, las cosas flotaban en una lenta vorágine. Entre este desorden, los cuerpos de los astronautas deambulaban errabundos, como ahogados en un mar invisible. Alguien había cometido un crimen perfecto: al desactivar los sistemas estabilizadores de la estación espacial, había acabado con todos en un golpe maestro. Sin embargo, el enigma se percibía a todas luces ¿cómo había escapado el asesino de su propia trampa? Luego de efectuar un complejo ejercicio deductivo, Poirot, con matemática exactitud, dio por fin con el culpable. Lo puso a buen recaudo. La computadora de la nave, Poirot, triunfalmente, se auto-desconectó.


Jan 13

La sirena quimérica

Incapaz de olvidar a Odiseo, Penélope acudió a Dédalo, para que le forjase un traje de recuerdos. Con cada objeto que le ayudaba a evocar al rey errabundo, la nostálgica se fue cubriendo de una armadura increíble: conchas marinas, trozos de espadas, redes de pesca, pieles y oro. Y así pudo Penélope soportar de mejor modo la espera ardorosa. Cuando el viajero volvió por fin, y deseo tomar en sus brazos a su anhelada consorte, fue retirando los elementos de esa sorprendente cubierta. Al final no halló nada allí, pero el suspiro anhelante que broto de sus labios, le supo tanto a ella- canto de sirena consciente de su propio imposible- que nunca más dejo de estar en él.


Fuga

Tras haber saltado de la silla, con la soga al cuello, el suelo acolchado de mi celda se hizo un firmamento turbio, color carmesí. Ángeles de fauces dentados y largas colas de castor jugueteaban en las profundas nubes iridiscentes. Y entre los rayos multicolores de una luna fragmentada, escuche los alaridos metálicos de tu llamado infinito. Entonces por fin, más allá del tiempo, solté la cuerda.


Fuego final

La estación solar se consumía y agitaba, pequeña concha de cristal, a la deriva en un mar de brillos. Cuando el sol comenzó su muerte- refulgiendo con una intensidad que devoró a todos los planetas del sistema solar- La Tierra, nuestro mundo, se desvaneció, como una burbuja al contacto con la brisa. Entonces, tú y yo, los últimos seres humanos, ya puestos nuestros trajes espaciales, un último abrazo- con fervor, dibujando nuestros enteros cuerpos, a fuerza de despedidas-, dejamos la estación solar y nos arrojamos a las olas ígneas.


Jun 29

El túnel

Sofía y Salvador habían estado discutiendo. La travesía en automóvil había sido larga y extenuante. Este viaje lo habían planeado desde hace mucho tiempo: el destino turístico elegido era el del momento, el más popular. Sin embargo, el trayecto a través de desiertos y parajes desolados al final los alteró y los hizo reñir. Desde hace un par de horas no se habían dirigido la palabra y resentidos, solo se miraban de soslayo, en momentos.

Tunel de miedo

De pronto, en el camino apareció, debajo de un gran cerro, un oscuro túnel. Ingresaron en él. Muy a lo lejos, en medio de las tinieblas, se percibía una pequeña luz: era la salida.

Fue en ese instante en que a su lado escuchó aquella voz susurrante. Era un soplo asexuado y apresurado que le estremeció al sentirla en el oído:

“Cuando dormías me levante y me quede frente a ti, de pie, durante horas, en el silencio. Luego, en cuanto escuche el llamado de la noche, baje las escaleras a cuatro patas, lamiendo el piso y aullando la letanía secreta. Salí de la casa y dancé entre la lluvia mientras me arañaba el rostro y el pecho… sangre, lodo, lágrimas… era delicioso”

Con asombro, asco y temor, miró hacia esa sombra que le hablaba. Al frente, en el camino, la luz crecía, pero a un ritmo lento y desesperante.

El susurro, atropellado, jubiloso, irónico, prosiguió:

“El llanto del dios blanco me sacó de aquel éxtasis. Corrí frenéticamente y subí las escaleras, dejando un rastro de la espuma y la mucosidad que me corrían por la boca y la barbilla. Seguías en el lecho, tu sueño era profundo: el dios lloró desde allí, me llamó. Abrí tu boca y me asome con ansiedad: entre la húmeda negrura percibí al dios blanco, se retorcía, estaba hambriento. Sus ciegas antenas golpeaban en tu traquea y su largo cuerpo, se anudaba en tu garganta con ansiedad. Me llamaba.”

La luz, el automóvil, su marcha parecía falaz. La angustia y la repugnancia colmaban su ser.

Aquella voz neutra, casi infantil, ahora estremecida, continuó:

“Al percibir mi demora, el dios blanco, dolido, se hundió en tus entrañas. El temor de perderle me hizo decidirme: con una mano sujete mi lengua y entre alaridos tire de ella hasta arrancármela. El chorro de sangre que broto de esa herida me bañó el rostro, el dolor casi me hizo perder la conciencia… pero era delicioso. Sin pensarlo más quise darle la ofrenda al dios blanco: metí mi mano con su preciosa carga en tu boca y empuje con todas mis fuerzas.

Cuando sentí que el dios blanco, agradecido, aceptaba el sacrificio y comenzaba a alimentarse de él, tú despertaste…percibí tu sorpresa, tu temor, tu furia…mordiste mi brazo una y otra vez y enceguecido de dolor, supe por fin que el dios, agradecido, había correspondido a mi ofrenda. Era delicioso… entre sangre, bramidos, carcajadas y llanto, canté la letanía secreta hasta que el alba nos sorprendió con su luz….”  

Lo deslumbró un gran resplandor: habían salido del túnel. Estaba a punto de gritar de espanto. El camino seguía serpenteando hasta el horizonte y el automóvil avanzaba  libre en esa despejada ruta. Uno de ellos encendió la radio apresuradamente. La melodía de moda sonó entre el rumor del motor y el aire del desierto. Por fin se miraron, con miedo, como si temieran no reconocerse, luego Sofía y Salvador intercambiaron sonrisas nerviosas. Prosiguieron su viaje.

Sin mirar atrás, ambos supieron que el túnel ominoso y oscuro, como un ojo ciego, les miraba partir, abierto rotundamente, como el bramido de un oráculo extático.      

  


Jun 24

La palabra de Citlali

Citlali era una cyborg que viajaba de planeta en planeta nombrando las cosas de los mundos que aún no poseían lenguaje. Esta mujer artificial era un ser esbelto y hermoso, alado y lleno de luz, y también estaba equipada con sofisticados aditamentos y recursos defensivos. Era capaz de entablar formidables combates con su equipamiento, y gran agilidad.

Alita

Los planetas a los que llegaba la palabra de Citlali, de ser ambientes indiferenciados, devenían en caleidoscópicos entornos, en donde las cosas poco a poco quedaban definidas y comprensibles gracias a su gran capacidad denominadora.

En cierta ocasión, Citlali llegó a un mundo enorme y con gran potencial, en donde, sin embargo, todo era gris y anodino. La cyborg pronto descubrió el origen del problema: un moho inteligente había cubierto toda la superficie del planeta, en un afán parasitario y ciego. 

De inmediato Citlali comenzó su tarea iluminadora: mientras exploraba aquel mundo vasto, fue estableciendo bellas palabras para definir y liberar aquella sofocante uniformidad.

El moho inteligente, furioso al ver alterado su predominio, deseó hacerse de Citlali. Pronto la había contaminado y cubierto con su grumosa viscosidad. Teniendo el control sobre ella, la obligada a cambiar los nombres de las cosas, de acuerdo a las circunstancias del momento. De esta manera, aquel parásito lograba que los habitantes de ese mundo, engañados por el colorido de las realidades falaces que pronunciaba Citlali, permanecieran sometidos a su entero arbitrio. 

Un día Citlali, mientras deambulaba por uno de los vastos parajes de aquel mundo vacío, se asomó a una laguna, para contemplar su rostro. Súbitamente, consternada, descubrió había olvidado su nombre: no se reconoció en esa distorsionada imagen.  

alita 2

Decidida, se sumergió en las frías aguas y se arrancó la inmundicia que la cubría. Pronto emergía de nuevo, luminosa, y encaminada a liberar a ese planeta. Dio inicio a su singular tarea, pero ahora dándole su verdadero nombre a las cosas.

El moho inteligente, se dio cuenta que no podría controlarla más y se congregó todo él, en una masa filamentosa, para acabar con la cyborg. Citlali le hizo frente a aquel engendro, y se enfrascó con él en un áspero combate. Mientras el moho le arrojaba largos filamentos a manera de látigos, Citlali, esquivando ágilmente esos violentos ataques, lo cortaba con sus alas diamantinas y filosas.

alita 3

Al comprobar el ciego afán de la bestia, Citlali, decidió sacrificarse para salvar aquel mundo: condujo inteligentemente la batalla hasta la cima de un volcán, y en cierto instante, sujetó a su enemigo y se lanzó con él al cráter ardiente.  

Mientras ambos se consumían en la lava, Citlali miró al moho feneciente y supo que, en su agonía, aquel ser ambicioso y burdo por fin comprendió cual era el verdadero crisol de toda expresión: el dolor de ser. El moho tras un sordo bramido, desapareció en la nada.

Citlali pudo aún arrastrarse fuera del cráter- una triste masa de circuitos y partes biomecánicas al borde del colapso- y tenderse de cara al firmamento para dejar de funcionar. Sin embargo, antes de hacerlo, miró al cielo y recordó su nombre: lo pronunció y dejo de existir.  

Alita 4

 Con un último resplandor su cuerpo se apagó. Los habitantes de aquel mundo, quienes habían presenciado la épica contienda, observaron el fulgor de ese ser moribundo, escucharon la palabra que había dicho en sus postreros momentos, y descubrieron en el cielo, por fin, a lo que se refería esa misma palabra: estrella. El universo estaba poblado de ellas, y los seres de aquel mundo, libres por fin, orientados por esa luz, aprendieron a nombrar las constelaciones y las cosas y los seres de toda la realidad.

 De esta manera, Citlali, “la estrella”, su palabra, se difuminó como la luminosidad de los astros en el infinito, dándole sentido a todo el ser, en una prodigiosa ofrenda. 

 estrella


Jun 21

Epopeya

Habiendo escuchado a Dante alabar a Beatriz, Neso, el centauro, sintió celos y deseo, y quiso apropiarse de ella. De tal modo que se concilió con los demás centauros del Infierno y cuando dormían los poetas, en una escala de su larga marcha, sometieron a Virgilio y lo arrojaron a las fauces del monstruo Cerbero. Cuando despertó Dante, al verse desamparado en el corazón de las tinieblas, sintió rabia y odio y se enturbió su interior.

Los demonios, al descubrir su oscuro potencial, lo adiestraron, y Dante pasó siglos sometiendo al calvario a cientos de almas. Solo de esa manera encontraba consuelo al creerse traicionado por su maestro y separado de Bice, para toda la eternidad. Un día, los demonios le dieron la encomienda de arrojar al feroz Cerbero, a un grupo de condenados. Cuando se disponía a empujar con su tridente a la última de estas almas, descubrió que se trataba de una pequeña. Al titubear en su cometido, la bestia lo arrojó a un lado. Al caer, Dante descubrió entre las piedras y los huesos, la corona de laurel de Virgilio, pisoteada por los cascos de los centauros.

Tras deducir la amarga verdad, Dante se quitó su propia corona de laurel, y, de entre sus harapos, extrajo la espada de su antepasado, el cruzado Cacciaguida. Con decisión suicida Dante abatió a Cerbero y sin pausa, se enfiló al círculo de los Centauros. Ellos, desde hace tiempo, habían erigido un altar de huesos humanos y rocas, y allí, mantenían cautiva Beatriz luminosa. Habiendo asaltado el  Paraíso, el tropel de Centauros comandados por Neso, robaron a Bice para transformarla, a través de conjuros y sangrientos rituales, en una hembra de su especie, y así, perpetuar su raza maldita.

Dante al descubrirlos, enfurecido, se arroja sobre ellos. La contienda es dura, pero, impulsado por la sed de venganza, habiéndose habituado al encono del Infierno, Dante los derrota con la espada de su antepasado guerrero. Neso, al final, al verse perdido, corre sobre Beatriz y brutalmente le arranca las alas. Dante deshace aquella odiosa sonrisa, de un brioso mandoble.

La herida Bice, tarda, pero al final reconoce a su salvador en ese ser monstruoso y lleno de cicatrices. Al ver al poeta feneciente por tantos combates, triste pero agradecida, le ofrece quedarse con él, en Dite, incapaz de remontar el vuelo de nuevo hacia el Paraíso, por la ultima villanía de Neso.

Dante sin decir palabra, extrae su propia corona de laurel, y se la coloca en las sienes a su dama de pensamientos. Unas alas radiantes crecen de nuevo en la joven celestial. Ella, conmovida, toma en sus brazos al poeta, y se lleva en sus labios su postrer aliento. Desde entonces Bice, en el cielo, recuerda continuamente tal epopeya, mientras le da vida al cosmos en cada nuevo giro de su vuelo infinito.     

      


Jun 16

Lujuria

Con ternura volvieron a unirse. Siempre había esperado encontrar a alguien así, capaz de entregarse a ella hasta el grado de confundirse en un solo ser. Y así, tras el éxtasis, con la boca abierta, las muñecas eróticas se miraron en silencio.


Ira

El colmo: no encontraba lo que requería. Molesto, inspeccionó toda la casa, volcó muebles y vació cajones. Furioso ya, arrancó el tapiz de las paredes y desgarró la alfombra. Por último, con la boca espumosa, entre rugidos, descubrió que las tijeras con las que se abría el vientre, eran justamente lo que buscaba. 


Pereza

Aquel roce, que primero le provocó placer, pronto lo hizo aullar de dolor. Cuando los gusanos subieron más allá de su entrepierna, despertó por fin. Gritó en el silencio y las tinieblas de su ataúd. Esta última vez, había dormido demasiado. 


Gula

Harto de todo, dispuso hasta el último recurso en abastecerse. Clausuró puertas, cortó el teléfono y entonces comenzó a hartarse sin medida. Un día, el estruendo de las ventanas al estallar alertó a los vecinos. Tras derribar la puerta, los bomberos hallaron, por entre la fetidez y aquella masa informe, una sonrisa extasiada. 


Jan 3

Vicio

Las viscosas sustancias que me perseguían se entreveraron con sinuosidad de ofidio. Sonidos viscosos y explosiones de grumos acompañaron esa dinámica repugnante. Pronto la masa tomo una inequívoca forma humanoide. Y cuando aun no se condensaba del todo, la voz extasiada de Valdemar me suplicó: “Dr Mesmer, ¡otra vez!”


Intruso

“Watson tenía que morir. Lo supe desde que vivíamos juntos en aquel piso de la calle Baker. Por fin he acabado con ese incómodo sujeto al que tuve que soportar por tanto tiempo” Y al decir esto se quitó por fin el disfraz, frente al espejo, el sonriente Moriarty.


Lovecraft y el espejo enterrado

Lovecraft exploró aquellas tumbas secretas en compañía de Randolph Carter. Dejaron atrás extrañas ruinas de ciudades sin nombre y huellas de criaturas innombrables. Cuando divisaron por fin la luz de la salida, Randolph Carter miró a Lovecraft, sonrió, y se fragmentó entre las sombras. Espejo enterrado que nadie halló.


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